¡No sé cómo
ha podido ocurrir! ¡Con los años que llevo en esto! Pero un tropiezo, una
caída, un mal día, lo tiene cualquiera pensaba a modo de consuelo mientras
sentado a la ladera de un monte esperaba que alguien viniera a rescatarlo.
“Si siempre
he venido acompañado tal y como todos aconsejan, pero esta vez no, no podía
esperar a los demás, los nervios que es eso que ahora llaman estrés me estaban
quemando por dentro, tenía que salir, poner camino y tierra por medio y
alejarme de la vida que me ha tocado o he elegido”.
¡Qué de
negrura pasa por el pensamiento cuando uno no puede hacer nada más que pensar!
Cuando se está bien se suele disfrutar del pensamiento, de ese grado de
libertad que has buscado y encontrado allá donde casi nadie llega o donde los
buitres planean a ras de nuestras cabezas. Pero cuando se está mal, se tiene
miedo o ambas cosas y que negro se ve todo...
Iba
paseando, había algunos riscos que tenían su aquél aunque yo siempre he estado
muy bien preparado. Era una zona alejada, que había que subir con cierto
desnivel, pero cuando se llegaba al final, a la cima de esa particular montaña
se veía el cielo a distancia de la misma vista.
Empecé
temprano para evitar las horas de calor, si las hay en este gélido día o eso a mí
se me parece, y también para estar prontito en el pueblo donde la buena de
Gregoria, la tía de Antón, mi amigo de la infancia, seguro que tendría
preparada esa sopa suya que nadie es capaz ni siquiera el compararla.
Nací en ese
pueblo hace ya tantos años que ni me acuerdo. Marché cuando empecé con los
estudios y una vez terminada la universidad me coloqué de profesor donde, como
la Piquer, he paseado mi maleta por media España. En uno de esos lugares donde
estuve un tiempo más largo de lo normal el amor tocó a la puerta y en menos de
tres años estaba casado con dos hijos en el mundo.
Natalia, que
así se llama mi mujer, siempre me decía que algún día le gustaría conocer el
pueblo de mi infancia pues ella siempre había sido de ciudad que con los años
la estaba hartando mucho.
Natalia y
Emilia son dos jóvenes ya que están buscando sus vidas. Nuestras hijas van a la
universidad y mientras la mayor quiere ser médico, la segundo que es la que se
parece más a mí quiere ser maestra de pueblo.
Mi padre
Ambrosio murió hace tanto que no logro ponerle cara. Murió en el campo una
mañana calurosa del mes de agosto mientras segaba la tierra con Rizos, la buena
mula que siempre lo acompañó en las labores de labranzas.
Mi padre
Ambrosio murió joven para lo que hoy decimos mayor pero con demasiados surcos
en la piel y el corazón pues desde que le habían diagnosticado esa enfermedad
coronaria que al final lo llevó a la tumba no volvió a ser el mismo.
Mi madre
Elena siempre se encargó de todo en casa y también ayudaba a padre en el campo
así como a sus ocho hijos. Menos mal que vivíamos con Gregoria, nuestra tía,
que se encargaba de la cocina y hacía la mejor sopa que haya conocido y las
croquetas de “lo que había” que con su toque las convertía en un auténtico
manjar.
Cuando murió
padre me mandaron a un internado pues no se podían hacer cargo de tantos hijos
con tan pocos ingresos.
¡Cuánto eché
de menos mi casa, mi pueblo, mis hermanos, mi madre, a la tía Gregoria, a mi
inseparable amigo Ernesto pero sobre todo a padre, a padre sobre todo!
¡Lo admiraba
tanto! ¡Y se fue sin poder decíserlo! ¡Nunca tuve tiempo y ahora que lo tengo
no está aunque las palabras las tengo grabadas a fuego en esa parte del alma
que nunca olvida, que nunca pasa!
¿Qué será de
Natalia? ¡Seguro que está preocupada por mí! No he llegado a la hora prevista.
Mira que siempre me acompaña pero hoy se levantó con destemplanza y preferí
irme a dar el paseo solo. ¡Maldita sea mi estampa!
Una raiz
seca que no ví, unida a esa piedra que resbaló bajo mis pies y que yo ya no soy
el chaval que siempre he pensado que era hizo que me cayera con una mala
postura, me doblara la pierna y que no pueda rozar el pie porque el dolor, que
es mucho, me llega a vencer.
Y aquí estoy
pensando negruras, repasando mi vida, con la montaña como paisaje, los buitres
planeando cerca que hasta las escucho, el viento cada vez más frío rompiendo en
la roca gris y ese venado que me mira con total confianza a pocos metros.
¡Estoy
preocupado por esos que estarán preocupados por mí! ¡Seguro que ya han llamado
a los servicios de emergencias pues sabían que hoy quería dar un paseo
precisamente por aquí! ¡Aguantaré estoicamente la vergüenza de lo que me tengan
que decir con toda la razón del mundo! Aguantaré, pero ojalá me encuentren
pronto pues el miedo, el frío, el dolor van quebrando mi ánimo y la verdad es
que a cada instante me encuentro peor.
Natalia está
haciendo el MIR y se va decantando en su especialidad. Está contenta, se ha
integrado bien al hospital, a la ciudad y a las compañeras del piso. Natalia,
gracias a Dios, se parece mucho a su madre.
Emilia está
ahora en segundo de carrera y sueña con venirse al pueblo de su padre a dar
clases. ¡Qué feliz es ella aquí cuando solo lo conoce de algunas vacaciones o
fechas claves! ¡Qué bien se conoce a todo el mundo y como la quieren!
Siempre le
digo a Natalia, su madre y mi mujer, al final nos vemos aquí a lo que ella me
contesta con una alegría en la mirada: ¿Hay algún sitio mejor?
Yo soy muy
de mi padre y los valores que él me inculcó son los que he ido enseñando a mis
hijas así como a los miles de alumnos que han pasado tras más de 30 años
trabajando. Me queda uno para jubilarme y desde hace dos me han “retirado” de
las aulas porque el claustro me ha elegido director. He cambiado la frescura de
esa juventud ávida de todo por las reuniones, “burrocracia” y lo que ahora
llaman los cursis “relaciones institucionales”.
Bueno, me
queda un año para jubilarme si es que son capaces de encontrarme.
¿Qué pasa?
¿No vuela ese buitre más alto y a más velocidad? ¿Dónde está el venado que tan
plácidamente me miraba mientras comía lo que había en el suelo?
Oigo un
ladrido y la piel se me eriza. ¡¡Lobos!!
No, al final
veo a perros con sus chalecos verdes que ponen Guardia Civil. Llegan a mi, me
olisquean, empiezan a ladrar tan fuerte que toda la montaña los pueden oír.
Aparecen varios miembros de la Guardia Civil mientras comunican: ¡¡Localizado!!
¡¡Está vivo!! Necesitamos un helicoptero porque está herido y dan las
coordenadas.
El que llega
hasta mí no es joven del todo y tiene unos galones. Me sonríe y me pregunta si
estoy bien.
Yo,
balbuceando entre el miedo y la emoción, les digo que lo siento mucho, que por
una imprudencia...
Él me pone
sus manos en mi hombro y me dice que no tengo para nada que preocuparme, que la
Guardia Civil está allí para ayudarme, para salvarlo, que no hay nada que
reprochar pues con el tiempo que lleva usted aquí ya ha tenido tiempo de reprochárselo,
arrepentirse y aprender con un tipo de lección que nunca olvidaré.
Me pide que
espere un poco más, mientras examina mi herida y da una serie de instrucciones.
Ya me
encuentro bien, seguro, feliz y lágrimas de emoción humedecen mi cara cuando me
dice que le han dado la noticia a Natalia y a las niñas así como a todo el
pueblo que se habían puesto todos a una para buscar a Rafael, el hijo de
Ambrosio, que no ha vuelto hace horas porque seguro que le ha pasado algo en el
monte.
Miro a ese
horizonte que todos tenemos y doy infinitas gracias por esos ángeles de verde
que dan sus vidas por la de los demás y también porque con este percance he
pensado en mi vida, en lo que tengo y a quienes tengo a mi lado y lo he hecho
sin negrura sino con verdadera gratitud.
¡Tranquilo,
ya está aquí el helicoptero!
Jesús
Rodríguez Arias
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